Los archivos no son sólo cuartos polvorientos llenos de papel viejo. Son depósitos organizados de registros creados o recibidos por entidades (gobiernos, empresas o instituciones) durante sus operaciones diarias. Estos registros son preservados por el creador o sus sucesores, asegurando una cadena continua de evidencia. El concepto moderno de administración de archivos surgió a finales del siglo XVIII, impulsado por el establecimiento de archivos nacionales y departamentales en Francia.
En Estados Unidos, el gobierno federal formalizó esta práctica con la creación de los Archivos Nacionales en 1934. Esta institución tenía la tarea de albergar los registros retirados del gobierno nacional. Una década después, la Ley de Registros Federales de 1950 autorizó la creación de depósitos de registros regionales, descentralizando el almacenamiento de datos históricos. Cada estado de EE. UU. mantiene su propia agencia de archivos, creando un sistema de mantenimiento de registros por niveles.
A medida que avanzaba el siglo XX, el alcance de lo que constituye un “archivo” se amplió significativamente. Los archiveros comenzaron a gestionar registros generados por las nuevas tecnologías. Esto incluía archivos digitales y películas guardados en computadora, junto con documentos comerciales e institucionales tradicionales. El papel del archivero pasó de simplemente proteger cajas físicas a preservar medios complejos y multiformato. Esta evolución garantiza que la huella digital de la sociedad moderna no se pierda en el tiempo.


























